Es preciso estar muy embotado
por la cantidad y el corto plazo para no advertir que hay libros
necesarios de los que sin embargo sólo se venden 700 u 800
ejemplares. Aunque no son negocio para nadie, el mundo sería
peor sin ellos. Hay editores raros que, sabedores del daño
que la desaparición de estos libros produciría en
el pensamiento universal, corren el riesgo y el placer de publicarlos.
Hay distribuidores heroicos que los llevan a las tiendas en cuyas
estanterías ocuparán un lugar clandestino (y eso con
suerte: no es raro que sean devueltos a las editoriales sin haberlos
sacado de sus cajas).Hay libreros conscientes de que esos títulos
que apenas reportan beneficio económico son los neurotransmisores
del sistema, los encargados de llevar mensajes esenciales a los
libros de gran tirada, que constituyen el núcleo del negocio.
Hay lectores intrépidos que no dudan en enfrentarse a estos
volúmenes en cuyo interior de nada sirven los recursos estéticos
o morales convencionales, y cuyo contenido propagan luego en cátedras,
tertulias, artículos o reuniones familiares. Hay escritores
que viven modestamente de abrir estas puertas ideológicas
o formales que con el tiempo, aun sin saberlo, atravesamos todos.
Mal que bien, este frágil entramado sobrevive gracias a
la ley del precio fijo. Su desaparición significaría
la condena a muerte del librero vocacional, del editor raro, del
lector insobornable, del distribuidor heroico y de géneros
minoritarios como la poesía o el ensayo.
"Libros" Juan José
Millás. "El País" 6 de junio de 2000
Antologizado en "Precio fijo del libro ¿por qué?".
Madrid 2000
Last update 29/03/2010
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